«Yes» en el Auditorio Nacional…

Raúl:

en lo referente a los conciertos,

hemos sido (casi) siempre el complemento. Aún recuerdo la primera vez que nos lanzamos a la Arena Adolfo López Mateos en Tlalnepantla; como olvidar a esos dos pubertos de primero de secundaria aventurándose en un viaje desde el metro Constitución hasta la lejana estación del metro Rosario (lugar al cual llegamos gracias a las referencias del buen Iván, el vendedor de rarezas musicales del siempre imponente bazar de Zaragoza, hasta entonces sucursal privilegiada de las mercancías de la generación X), vestidos-todos-de-negro y escuchando a las bandas más brutales del mundo en el Blood and Flesh Fest (reflejo del ímpetu de dos espíritus construyéndose al borde del límite). Al final del primer gran concierto el sentimiento de beber las primeras cervezas después de la jornada de las playeras negras pegadas al cuerpo por el sudor del slam dirigido por las regurgitaciones y los sonidos del Death Metal.

Después los grandes conciertos de la época dorada del Circo Volador (que duró las veinte cuadras que caminábamos del metro La Viga a Chabacano al final de cada concierto); el puente musical construido durante el inolvidable concierto de Disgorge en Ciudad Netzahualcóyotl (día en que vimos la mata más larga de la historia propiedad de la única mujer del Valhalla y cuando mi papá nos regaño como nunca cuando, al esperarnos a las afueras del Bar, observó la parsimonia artesanal de Antimo Buonnano al forjar un churrísimo de mota); el éxtasis en aquella inolvidable madriza recibida en Santa Martha por los punks que configuraron nuestra desconfianza hacía el anarquismo; y el pánico al no encontrar salida en el metro Pantitlán, cuando despues de cerradas las puertas, se levantaron de lo subterráneo las prostitutas y los vendedores de las sustancias prohibidas.

De unos años para acá la etapa del rizoma musical. El descubrimiento inefable sin cuna de oro artística. La época singular de los hijos del Audiogalaxy: los iconoclastas alternando música de Halford y Primus con Agustín Lara y las Gimnopedias de Erik Satie. Los escuchas de casi siete veces diarias de la novena sinfonía de nuestro referente espiritual: el eterno alemán enamorado. Entonces llegó la exploración de los nuevos sonidos; los conciertos masivos de Iron Maiden y Judas Priest; la sala Netzahualcóyotl como extensión de nuestro barrio y depositaria de los sueños más sinceros; el Rock progresivo y el primer concierto de Yes al cual no asistí porque mi dinero se me fue en chelas y al cual tú si fuiste después de intercambiar tu celular por un boleto que valía tres veces menos.

Por eso y por otros recuerdos que se atropellan en la memoria (redes inconclusas dibujadas por líneas que van del Idilio de Sigfrido de Wagner hasta el Idilio de Willie Colón) me emociona que hoy sea el concierto de Yes en el Auditorio Nacional.

Aquí estamos, hermano, como siempre, inconquistables, eternamente incongruentes y enamorados; echando los sentidos al aire mediante las citas musicales de recuerdos hermosos,

en mi primer concierto de Rock progresivo después de Dream Theater.

Imagen tomada de internet

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