Cinco escenas de incongruencia.

1.

En el metro CU, del lado de Santo Domingo, el joven sin pierna al que suelo darle unos pesos todos los días, yacía sobre suelo. Estaba boca arriba y gritaba desaforadamente: «chingas a tu pinche madre pinche perra». Una y otra vez. Me acerqué un poco y observé que había sangre a su alrededor. Ni siquiera lo ayude a incorporarse. Sus gritos se diluyeron con el rumor de la gente cuando llegué a la taquilla.

2.

El miércoles me estaba empaquetando unos taquitos en el Zócalo. Me encontraba desparramado sobre una silla bastante cómoda, descansando la barriga. Mi concentración culinaria se interrumpió cuando una familia de vendedores ambulantes de rasgos indígenas pasó corriendo frente a mí. Unos segundos después vi a los policías que los seguían. Comprendí por qué en el rostro de los primeros se dibujaba el pánico. Yo continúe desparramado moviendo el bigote.

3.

El Lunes me topé de frente, saliendo del metro Zócalo para incorporarme a la feria del libro, con un indigente. El tipo leía despreocupadamente una historieta. Me pareció un buen detalle regalarle una revista de los Bastardos de la Uva con la condición de que me permitiera sacarle una foto. Aceptó y me preguntó si tenía un toque de mois. Le mentí y le dije que sí, que la tenía en el stand de la revista. Después de tomada la foto me sustuvo del brazo, tenía las uñas tan largas y amarillas que parecían garras, no quería soltarme, quería ir conmigo hasta al stand para ir a la segura. Nunca había olido tan de cerca lo acre de la indigencia. El tipo verdaderamente necesitaba alivianarse pero yo me solté con fuerza y me escabullí entre la gente.

4.

En la carpa de actividades culturales tocaron «Los de Abajo» (sin albur). De quien sabe que lugares llegaron jóvenes y jóvenes. Atestaron el lugar de actitudes rebeldes increíbles. La escena llamó bastante mi atención: los unos moneaban, aquellos bebían, estos fumaban mota. Se movían hermosamente al ritmo de la música. Me concentré en el slam más violento que haya visto en mi vida (a su lado el de los conciertos de Black y Death Metal son un verdadero juego), era el baile de los verdaderos excluidos. Estaba por unírmeles justo cuando vi como un tipo recibió un puñetazo en la boca. El golpe fue tan fuerte que el buen hombre perdió varios dientes. Después de incorporarse aspiró de su mona y continuo en el ritual, todo ensangrentado. Decidí no meterme al slam.

5.

Ayer se me antojó una tlayuda con nopales. Fui a comprarle al lado de la catedral. Antes de cruzar de la plancha del Zócalo vi como unos policías sometían y subían violentamente a un tipo a una camioneta. Me acerqué y les pregunte a los oficiales que había hecho el muchachín. «Viene briago» me respondieron. Un chavo que estaba a mi lado los grababa con su celular. Los policias se acercaron a nosotros y lo amenazaron con subirlo también a la patrulla. El chaval sostenía un libro a la altura de la sien y les gritaba que conocía sus derechos. Entre tanto la gente se arremolinó y los policias retrociederon. La actitud del chaval motivó que unos cuantos viejos lo secundaran. La escena más rebelde que haya visto en años.

Las actitudes de los que suelen alardean una moral revolucionaria son igual de conservadoras que las mías. Ese chaval fue más revolucionario que todos los dichos de esos fokins.

‘La resistencia’. Óleo sobre lienzo, Paulina Jaimes, 2013

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