Recuerdos de Los Magueyes de Xóchitl

*

Tenía su historia
como cada espacio y rincón
de esta inmensa urbe.
Quedaba a tres cuadras de mi casa,
en la esquina de un ejido deshabitado.
Mis hermanos y yo jugábamos futbol
en las inmediaciones, y a la menor oportunidad
nos asomábamos a través de los batientes

como quien atisba una tierra inhóspita, enigmática.

Nos encantaba escuchar las risas
que provenían del interior.
Observar por un momento el baile alegre
de los cuerpos extasiados.
La recuerdo lúgubre y medianamente sucia:
ya para entonces era una pulquería decadente.
Detrás de ella un terreno baldío.
Un par de magueyes pulqueros, soberanos.
Me resultaba extraordinario que
ese par de plantas abastecieran de elixir
a tal cantidad de comensales.
Eso pensaba yo de niño
y supongo que era bueno para un infante
imaginar tal magnificencia.
Después me enteraría que el pulque
venía en realidad de Tlalmanalco.
Por cierto que el común de las personas
menospreciaba las claras humedades del maguey.
—y más aún a quienes se zambullían en ellas.

Eso era vulgar.

Mi madre amenazaba:
si no haces la tarea los borrachos
de la pulcata te van a robar.
Yo le daba gusto,
aunque no me asustaba tal castigo.
Bien hubiera aceptado pasar una tarde
con tan alegres y desparpajados hombres.

*

Era un negocio de abolengo
que había tenido su esplendor tiempo atrás.
Cuando el pulque aún se consumía cotidianamente.
Los Magueyes de Xóchitl en honor
al nombre de la hija del dueño, Don Carlos.
Se rumoraba que el viejo
profesaba un amor desmesurado
por La niña, como le llamaban.
La recuerdo hermosa: con su cabellera castaña
sus ojos color mezcal reposado,

y su piel blanquísima.

Sólo iba para intentar encontrarme con ella.
Pero apenas podía sostenerle la mirada,
era como si la luz de sus ojos me quemara.
Por lo demás, jamás me atreví a decirle una palabra,
aunque tuve la intención y eso fue suficiente.
Pero Don Carlos la quería más allá de lo permitido.
Tanto que, se decía

¡tantas cosas se decían!

el hijo que la niña tuvo unos años después,
y que supuestamente concibió en un viaje a Guanajuato,
era en realidad de aquel enjuto hombre.
Cierto o no, alguien se había cogido

a Xóchitl

—y además la había preñado.
¿O era acaso una virgen encinta
como su arquitectura inmaculada?
El padre profanando la inocencia de la niña:
imagen radical de lo prohibido

que nunca olvidaré.

*

Fue Don José, el bizcochero de la panadería de mi padre
quien me contó todo eso.
Hombre también del bajío, avecindado en Iztapalapa
y comensal incansable de esa pulquería.
El tipo de la barriga más prominente
y dura que haya conocido.
Malencarado casi todo el tiempo
su rostro se tornaba terso
cuando escuchaba Caminos de Michoacán.
Supongo que se embriagaba todas las noches.
Porque los fines de semana y vacaciones
—cuando tenía oportunidad de verlo en las mañanas—
lo aquejaban los calambres.
Y algo peor: los temblores en las manos.
Se preparaba su chacamán.
(un brebaje compuesto de pulque y ron)
Que yo iba a comprar solicito
a cambio de unos centavos.
El líquido se tornaba ámbar
y despedía un olor exquisito.
Lo devolvía a la vida y laboraba
concentrado como nadie.
Según los demás trabajadores

Don José siempre andaba en su pedo,

literal.

Al finalizar la jornada
gastaba gran parte de su raya
en aquel antro.
Y al día siguiente lo mismo:
el chacamán, la temblorina y los calambres…
Y así hasta que Don José expiró,

como antes aquella inefable pulcata.

*

Todo terminó cuando aquel joven llegó de Puebla.
Se llamaba Julián.
Era un tipo hermoso y, cosa singular, se enamoró
de la adorada niña blanca.
Se escribían cartas y veían a escondidas.
La cosa está en que se la intentó robar.
Eso se estilaba en su pueblo de origen:

robarse a las mujeres

hurtar su corazón, su cuerpo, su historia,
muy a pesar de hijos, defectos, cicatrices…
Alguien frustró la llegada del amor
y la paternidad.
Una mañana amaneció muerto en la acera:
tres piquetes de picahielo en el estómago.
A su lado: La Bruja, otro fiel comensal,
beodo, pero vivo, con el arma entre la manos…
Quien fue acusado de homicidio culposo.
Se lo llevó la patrulla, aún borracho, trastabillante.
Al cadáver de Julián los cubrieron con una manta blanca,
horrible, indecible de su cuerpo ya sin vida…
Después quedó allí tan sólo una veladora
que iluminaba tenuemente el perímetro
de una silueta marcada con gis.
Aún se distinguía cierto tufo agreste, como de orina.
Pero la pulquería ya estaba cerrada.
No había sellos de clausura ni nada:
el misterio siempre rondó lo sucedido aquel día.
Fue el viejo celoso, me dijo Don José.
Lo cierto es que no se supo nada más de ellos.

Los Magueyes de Xóchitl

jamás abrió de nuevo.

Fotografía: ‘Magueyes’, Juan Rulfo, 1950