Mezcal: elixir de amistad, amor y muerte

Texto leído en la presentación del mezcal Virtud Veneno /
14 de julio 2018, Cafebrería El espejo de la luna

para los hermanos Juan Manuel y José Luis Landeros

Si uno tiene que asombrarse del nacimiento de un niño, más aún tendría que hacerlo del advenimiento de un libro. Estas palabras solía decirlas Eusebio Ruvalcaba para referirse al milagro de la creación literaria; por lo que concierne a la concepción del libro por parte del autor, pero también a la manufactura y trabajo del editor. Acaso podríamos recuperar esa frase para referirnos a la llegada de un nuevo mezcal. Porque cada mezcal es, esencialmente, único. Y no me refiero sólo a la firma o marca; sino a cada beso que uno da al destilado; y a cada aroma que es posible descubrir de ese crisol infinito. Detrás del producto culinario se esconde un proceso técnico que si bien tiene una estructura definida (como la de un cuento, por ejemplo) nunca deviene un producto uniformizado. Porque el agave es dinámico, al igual que las personas que se entregan al ritual del mezcal. Al artesanal, principalmente.

El mezcal, como todo trago, nunca es el mismo tampoco en el terreno simbólico. Ya lo sabemos: uno no se sumerge dos veces en la misma borrachera. Cada trago es un espejo, eso es cierto, y eso no compete únicamente al destilado de agave. Desde el whisky en las memorias alcohólicas de Jack London, hasta el ron en los delirios de Thompson; pasando por el absenta y el vino en los poetas del diecinueve atroz, el alcohol ha puesto a los hombres contra la pared, y les ha ayudado a develar su condición. En los más altos niveles, que son los que conciernen a la amistad, al amor y a la muerte.

En lo anterior, el mezcal se ha ganado un lugar a creces. Y le debe mucho a las tierras de donde proviene, que son de creencia y esperanza, de bravura y fiesta, de belleza y dolor. Esos terrenos los he recorrido un poco, y quisiera compartir algunas viñetas sobre esa temporada en el mezcal:

*

— 1994, soy apenas un niño y visito por primera vez el pueblo de mi padre. Es la fiesta de junio, la de San Juan Bautista. Llegamos a la tienda de tía Lola (donde también se vende mezcal). Los comensales, unos cinco, beben y charlan tranquilamente. Mi padre pide su ixcateco. La luz del medio día me va descubriendo los sombreros, las frutas, las artesanías oaxaqueñas. Qué tienda; tan parecida y tan distinta a las de Iztapalapa. Bebo mi boing de manzana y me concentro en el olor que cubre la estancia. Es un olor a humo, como el de la cocina de leña que conocí por la mañana.

La embriaguez se va suscitando y la conversación encuentra cierto orden a pesar de la algarabía. Se centra en un comensal: su nombre es Iván Guzmán, mejor conocido como el El niño de oro de Coixtlahuaca —el mejor jinete de estas tierras, y que montará la víspera. Nadie se imagina que más al rato, en la coyuntura del jaripeo, un toro de Tehuacán lastimará su cadera, y que desde ese momento dejará de ser El niño de oro para convertirse en el tío Muerte, el bebedor de mezcal más radical que haya conocido.

— 2015, voy llegando a Oaxaca de Juárez desde Tepelmeme. En el trayecto me he deleitado a través de la ventana del autobús. El panorama de agaves y cactús es de mis favoritos. Destapo la anforita y bebo un poco de pichumel. Abro el pequeño librito que tengo en las manos: Mezcalaria, de Ulises Torrentera. El autor tiene una mezcalería en el centro y Eusebio me sugirió visitarlo: «es mi carnalito y te va a tratar chido». Releo el epígrafe del primer capítulo, que es de Eurípides, de las Bacantes, y dice:

Yo, la suprema agave
presidiré todas las
asambleas dionisiacas.

Es muy temprano en In Situ y sólo un comensal se encuentra acodado en la barra. Pido un tobalá y lo degusto lentamente. Después mi vecino rompe el hielo y me pregunta si me dedico al mezcal. Le digo que no, que sólo soy un bebedor, y acto seguido me invita un trago. Después yo convido uno más y en seguida otro él. Y al rato ya somos compitas, pues me presenta con los que van llegando como su viejo-nuevo amigo. Su nombre es Fernando, y es tan buen conversador, y la historia que me cuenta es tan fascinante, que me olvido por completo del motivo original de mi visita. Enhorabuena.

Fernando me cuenta que está enamorado de una mujer que conoció de la manera más inverosímil: «Fue hace algunos años, en algún pueblo de la costa. Unos golpes desaforados en la puerta me sacaron de mi introspección nocturna. Una mujer desesperada clamaba ayuda. La observé semidesnuda y dudé en un primer momento, pero después me impuse al miedo. De lo sucedido me enteré después —pues con ella jamás platiqué al respecto: su esposo la había descubierto en pleno adulterio, y ella había aprovechado el momento en que él destazaba a machetazos a su amante para escapar. Conforme los días pasaron hicimos llevadera la soledad y el miedo a través del mezcal y la poesía. Algo sucedió, que el tiempo no fue el mismo, que nos fuimos acercando hasta que todo se consumó…».

Conforme Fernando me cuenta su historia, observo en los ojos de mi amigo el fuego del amor. Y constato, además, el poder del mezcal para potenciar los cuerpos, para hacer surgir el ave oculta en el agave, para posibilitar el vínculo erótico que siempre salva…

Llego trastabillando a mi hotel en la calle de Valerio Trujano. Es de pésima muerte. El portero tiene pinta de militar. De maldito militar. Veo la tarjeta de mi amigo: Fernando Márquez, líder de productores de agave Sierra Negra. Un hombre humilde, en el más amplio sentido de la palabra, que no necesitó aludir a su oficio. Alcanzo a reconocer los alaridos carnales que provienen de la habitación contigua. Son los de tres hombres y una mujer. Una sola mujer. Estan pedísimos. Me tiro sobre la cama y tomo el celular, escribo un mensaje a mi viejo-nuevo amigo, una frase de Lowry: «Bajo la influencia del mezcal, los mejores amigos harán todo lo posible por asesinarse. Pero una amistad que, engendrada por el mezcal, lo sobreviva, sobrevivirá cualquier cosa.»

— 2016, Eusebio convoca a reunión en su estudio de Villa Panamericana. La idea es escuchar música y leer poemas. Llegan los hermanos Landeros, Juan Manuel y José Luis, emocionadísimos por que han descubierto un mezcal que lleva por nombre el Pelotón de la muerte. Su nombre es sublime. Los Landeros son verdaderas máquinas cuando de mezcal se trata, porque son hombres de una sola pieza, y porque tienen el corazón en la mano. Ambas frases de Eusebio que yo, naturalmente, suscribo hasta la fecha. Por lo demás, ellos son dos de los más grandes bebedores de mezcal que haya conocido. Antes de escuchar la Heroica de Beethoven —a sugerencia de José Luis— Eusebio nos comparte un poema de su autoría. Antes ya se han escanciado los vasitos con destilado. La combinación del mezcal, poesía y Beethoven implicará una experiencia de vida y muerte, absolutamente sublime, que jamás olvidaré. Va el poema de Eusebio:

El mezcal ayuda.
Hay un punto en que los hombres
se funden.
Hay un punto en que cada hombre entrega
lo mejor de sí mismo.
En el que por fin decide llamar a las cosas
por su nombre.
Ese punto no tiene nombre,
aunque algunos lo llamen muerte,
y otros vida.
Tampoco importa más de la cuenta nombrarlo.
Más bien hacer el viaje
y asumirlo.
Porque es irrepetible.
En el fondo es un tramo doloroso y miserable.
Los perros aúllan cuando un hombre
se aproxima
a este punto.
El mezcal ayuda
si te dejas llevar por él.

— 2017, vengo a Coixtlahuaca a visitar al viejo. Así lo hago todos los noviembres desde que falleció en 2o14. Este mes también realizo mi relectura del Volcán. No conozco la ubicación de su tumba porque no pude estar presente en el sepelio. Sin embargo, me he enterado de los detalles sobre la marcha: desde el protocolo desgarradador de la muerte en estas tierras (donde la melancolía de la banda de viento lleva la batuta), hasta las historias que han sido evocadas por familiares y amigos, y que parecen no tener fin. Y el mezcal, como un hilo conductor del dolor, pero también de la creencia y el sosiego de ese misterio al que llaman muerte. Decía que no conozco la tumba del abuelo, y el simbolismo lo he trasladado más bien a un inmenso mezquite que se encuentra en la loma Cushinady. Allí, a la sombra de ese imponente árbol suelo leer la novela de Lowry y beber mezcal, además de retratar con mi cámara las inmediaciones.

Al descender del autobús me encuentro con un pueblo prácticamente desierto. Fiel al recuerdo que tengo de él desde la infancia. El sonido seco de mis pasos, la sombra que por fin observo, el repicar de la iglesia justo a tiempo, y ese calor, esa luz. La tienda de tía Lola ha cambiado muy poco desde aquellos años. Los muebles y vitrinas son los mismos. Sólo el tiempo ha pasado por ellos. En esta ocasión hay un sólo comensal. Es un hombre famélico que porta un sombrero de palma alargado, como de brujo. En su mano sostiene un vasito con amargo. La famosa hierba maistra, que es un abocado de mezcal muy parecido al ajenjo, y endémico de la mixteca. Lo saludo llamándolo por su nombre: Iván Guzmán. Me mira extrañado durante unos segundos, hasta que por fin me reconoce. «Yo conocí a tu abuelo, yo conocí a Erasto Juárez». Bebo un amargo doble e invito lo propio a mi acompañante, que desde hace tiempo es más bien el tío Muerte. Me consterna mucho su semblante. Recuerdo a Lowry cuando decía que el alcohólico era un especie de brujo oscuro que pagaba por haber abusado de sus poderes. Hay en los ojos de Iván Guzmán una especie de iluminación, que es la que otorga la llama clara del alcohol, como sugería Jack London. Una iluminación que John Barleycorn cobra con creces… / Me encamino por fin a mi destino. Hago una pausa para beber un poco de mezcal. Desde donde estoy ya avisto al viejo en forma de mezquite. Y hacia allá me dirijo por fin, hacia esa forma de la muerte…

*

Hasta aquí las viñetas de esa temporada en el mezcal, a las cuales he acudido para pensar y sentir el mezcal como un elixir de amistad, amor y muerte. Si uno tiene que asombrarse del nacimiento de un niño, más aún tendría que hacerlo del advenimiento de un libro. Estas palabras, de Eusebio, que igual valen para el nacimiento de un mezcal, revelan el poder de la literatura, y del alcohol. Que este mezcal, Virtud Veneno, devele a su bebedor, a su lector, ese viaje de amor, amistad o muerte. No me queda duda de que así será. Lo cual celebro inmensamente. Y hecho el tiro.