«Catalina: le cuento al taxista sobre nuestra historia «de amor»… Apenas lo abordé y comenzamos la charla. Yo sólo quería beber de la anforita y observar el paisaje citadino, pero ellos saben cómo hacer surgir las palabras y dirigirlas hacia cuestiones esenciales… Yo no quería, y aunque me duele lo hago, le cuento mientras bebo de la anforita y me pierdo en el paisaje citadino…
Voy hablando y me busco en los bolsillos y todo está en su lugar: cartera, celular, llaves… De nueva cuenta intacto, aunque estuve en algunos lugares que dicen que son peligrosos… Bebí demasiado en esos lugares, aunque no me emborraché de más…
Nada comparado con aquella noche, cuando abordé bien pedo el taxi en el metro la-UAM-Iztapalapa… Aquella noche que siguió a nuestra última noche… Lo único que recuerdo era la madrugada fría y muy oscura, como si se hubiera ido la luz en la calle… y sólo unas diabólicas torretas…
Esa vez debí terminar en los separos o en el panteón; o por lo menos en el hospital… Pero no: me levanté empolvado de la banca de enfrente de mi casa. Me despertó el canto de las aves matutinas y el frío. Me revisé de inmediato y la cartera, el celular y las llaves estaban donde siempre, más una novedad hermosa: la anforita de Anís Mico. Fue la gloria descubrir ese trago, como si alguien me hubiera guiado hasta la banca, me hubiera ayudado a recostarme, y me hubiera dado tres palmadas en el pecho después de dejar la anforita en la bolsa de la camisa…
[Esa vez del taxi en la UAM-I me enlaguné por completo. Recuerdo que el día anterior lo habíamos pasado en casa de tus primos, en San Lorenzo Tezonco, unas horas antes de que enterraran al Ojos, líder del cartel de Tláhuac… Que ya borracho te masturbaba por debajo de la mesa, y que siempre me olía los dedos antes de llevar la cerveza a mi boca… Recuerdo los cuerpos y la incapacidad de controlarnos… La incapacidad de evitar el semen dentro de ti…]
¿Sabías que alardeé con unos desgraciados de las piqueras del metro Nopalera? Les dije que conocía al difunto Ojos, y me creyeron… Por supuesto que no sabía de él más allá de las narraciones y la nota roja, y aun así me creyeron… O eso me hicieron creer…
Tal vez el sonido de los helicópteros mientras cogíamos aquella última vez… La coincidencia del megaoperativo me hicieron pensar que sabía un poco de el narco muerto, que de alguna manera estabamos conectados… Y es que eran los sonidos del operativo, más tus gemidos, más la habitación iluminada por las diabólicas torretas… Todo se acomodó como un símbolo de vida y muerte; de algo que surgía de lo que estaba terminando en ese momento…
¿Tú me creerías?… Claro que sí, pues nuestra relación estuvo hecha de puros simbolismos como el anterior… Acaso por esa razón fue tan fugaz… Eres un místico… Nuestra historia «de amor» comenzó cuando pronunciaste esas palabras…
Quería morir acuchillado en esa piquera del metro Nopalera, no hay duda… Hice lo que estuvo a mi alcance pero creo que más bien generé compasión. Ninguno de esos desgraciados me hizo daño, incluso uno de ellos me encaminó al metro, me dijo que Dios te bendiga y así llegué intacto a casa…
Al día siguiente, en la resaca, no me podía parar de la cama. Estaba deprimido y asustado: cerraba los ojos y cuando pensaba en mi padre veía cadáveres y figuras monstruosas; y cuando pensaba en ti veía que se la mamabas a otro güey y que después te ponías en cuatro, más solicita que nunca…
No hay tortura igual a un delirio… Un delirio después de la muerte del amor…
El taxista, al igual que los otros me exige: ¿Y luego qué pasó…? ¿Y luego qué pasó?… ¡Cuánto les gusta esta historia! Incluso me han dicho que es una «de amor»… Yo no quiero contarla porque me duele… Yo no quiero contarla pero necesito contarla… De nuevo me reviso los bolsillos y la cartera, el celular y las llaves están en su lugar, todo intacto… Qué historia trágica, la de los todos los hombres o de todos los taxistas, y continúo hablando—
/ ¿Y luego qué pasó…? ¿Y luego qué pasó?… / ¡Caarajo!…»
Fotografía:Frédéric Desmots
