Carta a Diótima

Querida Diótima:

perdona que me tome el atrevimiento de escribirte. Lo hago impelido por esta ansiedad de no saber de ti. Sé que me arriesgo a no sopesar con la debida cautela las palabras y que éstas pierdan claridad y se encaucen directo hacia el abismo. Pero no importa, me esforzaré en transmitir un atisbo de este sentimiento con el mismo anhelo del alfarero modelando la más preciada de las vasijas.

Hace meses que vago por la ciudad sin itinerario fijo. Mi intención ha sido pensarte sin prejuicios: es decir, limitado por la inexperiencia de quien intuye a ciegas un pasillo obscuro, pero impulsado al mismo tiempo por las ganas de vivir del hombre recién resucitado. A cada paso dado, el idilio de los grandes románticos se ha apoderado de mí, descorriendo de golpe el velo que me impedía observar las cosas en su más profunda significación; y permitiéndome, a su vez, imaginarte en los pregones de la gente, en las formas caprichosas de las nubes, en la musicalidad de los trinos de las aves, y en los acentos y ritmos de las canciones de mi vida cotidiana.

Con la llegada del otoño, un hermoso pájaro azul ha anidado en mi pecho, impulsándome a zambullirme en la música y la literatura. A veces, en la tiranía de la tristeza de los fines de semana, las voces diabólicas de mi pasado me han pedido ahogar el canto del ave con toneles de mezcal. Pero me he resistido y he esperado a las madrugadas de callado pensamiento, donde he concluido que cuando se ama con arte es posible abrir boquetes en el muro de lo dado que corrompan las estructuras que nos someten y hunden en el infierno cotidiano; y que es posible, también, si se ama expertamente, construir los puentes que nos dirijan a un mejor conocimiento de uno mismo y de los otros.

Tengo claro que las cosas funcionan muy a pesar de la irrelevancia de alguien como yo. Los días se despegan intolerantes del calendario y nadie puede bajarse del carrusel del tiempo y del azar. El hombre sano puede morir de la forma más fortuita, mientras el indigente y su sombra pueden acompañarse varios años en la más lúgubre de las soledades. No hay justicia, pero incluso el más desdichado guarda una pizca de esperanza. Y a pesar de que yo no valgo más ni menos que ninguno de ellos, tú me has tratado con la conmiseración de esa humanidad que rebasa tu cuerpo y se ofrece al mundo.

Recuerdo nuestro primer encuentro: fue aquel día en que escuchamos el torrente de pasión que es el concierto para violín, piano y cuarteto de cuerdas de Ernest Chausson. Las notas corrían desaforadas por mis venas en un carnaval de sensaciones que contrastaba con la solemnidad de la sala. Todo era gris, excepto la música y sus hilos invisibles, que me hicieron depositar mi mirada en tu persona. Me quedé tan pasmado ante el espectáculo de tu belleza como el navegante que observa desde el mástil una tierra largamente prometida de sueños y aventuras. No podía permitirme no volver a verte, así que, hacia el final del concierto, e impulsado por la fuerza de la música, me atreví a invocar el diálogo. El marasmo de mis tímidas palabras aseguraban mi fracaso, pero aun así aceptaste beber algunas copas conmigo. Y qué bueno, porque aún guardo en mi memoria —como el primer momento en que uno lee un poema que nos sacude por completo— el resabio violáceo del vino en las comisuras de tus labios, el destello de tu rostro de mares andaluces, y el matiz de tu sonrisa contrastando con la llama azul de tus ojos.

Bella, dulce y tierna Diótima, disculpa la osadía de estas palabras que escribo esperanzado en que el mismo cielo nos observe. Sé que no tienen valor, pero no dudes de que provienen de mi esfuerzo más sincero, de lo mejor que puedo dar. Quisiera saber de ti y si es posible verte una vez más, sólo una vez más. Esperaré tu respuesta con la paciencia de los antiguos románticos: aquellos que aguardaban meses enteros sosegados únicamente por el oro de las tardes ilusorias. En el inter, soñaré despierto la tersura de los lunares que cubren tu espalda, que bien pueden compararse con islas donde el navegante se resguarda de un mar embravecido. Cierro esta carta con estos idilios de un incauto que sólo posee un corazón rebosante de un sentimiento jamás estrenado, y que se encuentra listo para emprender una aventura hacia lo inefable. Hacia ese lugar donde se dice que se encuentra la sustancia de la vida, y la fuerza de existir.

Tu deudor,
Scardanelli.

Imagen: ‘Diótima’, Aurelio Monge