I.
Me conmueve lo alejado que estoy
de las personas que son necias
hasta el colmo del flagelo:
pobre gente que lleva sus cuerpos
a la no certeza del amor
con la energía de las entrañas de su origen.
Observo a los guadalupanos
desde este barandal del metro Guelatao
y se anegan en lágrimas mis ojos
ante el ímpetu de mis hermanos:
tal vez llore porque
he gestado el dolor
con la obscura paciencia
del que da forma a las nubes grises.
Yo, a diferencia de ellos,
he prestado oídos sordos
al tiempo impertinente,
como si la única intención válida
fuera invocar la tormenta atípica
que provoca que este invierno
derrame los días como lágrimas tristes.
Yo que ante los pasos estruendosos
de estos hombres que aturden mi cordura
continúo aquí, impertérrito,
lejos de ese caudal de esperanza.
¿Dónde ha quedado el espejismo
tierno del regazo de mi madre?
Se ha perdido en el viento decidido
que barre las botellas de ron vacias
y las crónicas en hojas
hechas pedazos.
Apresuro el mezcal y un policía
me solicita incorporarme
a la masa de entes cabizbajos.
¿Qué más da sumergir la impaciente
soberbia en la irrisoria mañana
que se divisa lontananza?
El alba no es más que un muro gris
que desnuda la voluntad quebrada
de quien ciego aturde
la parsimonia de un banco de peces
en peligro.
Me incorporo y camino con ellos
hasta no poder más.
No puedo engañarme:
su corazón es más fuerte
y mi razón está junto
a las mujeres y hombres
de pieles acres y pelos cochambrosos
que se apilan en una de las miles de aceras
de esta vieja ciudad de hierro
Ellos resguardan el pájaro azul,
famélico y enfermo
que ha decidido salir ya nunca de su encierro.
II.
El sol adviene y la resaca me observa
desde fuera.
Trato en vano de taparme
los oídos ante el
tirano balbuceo del delirio.
Pero mis manos tiemblan ante
el grito del error que no caduca
en las líneas de mis razgos breves.
Un último resabio de mezcal
refulge como ámbar de reliquia vieja;
y refleja, nostálgica,
la mirada mórbida que algún día apeló
a los vahos de musas
de homúnculos fallidos.
Me incorporo:
sacudo mi ropa,
carraspeo,
y escupo un coagulo amarillo.
III.
De regreso a casa
veo pasar a unos
rezagados peregrinos.
‘Fe’, Miguel Juárez Figueroa, 2011
