El Grande
fue arrollado por un chimeco en Chimalhuacán, muy cerca del lugar donde se la vivía extrañando mejores tiempos. De aquella vida quedaron, en esas calles todas grises, una sábana blanca, una bicicleta destruida y una botella de mezcal semivacía empañada por pedacitos de masa: sutiles significantes de la última jornada. Unas horas antes escuchábamos Caminos de Michoacán: él lloraba. Mi pensamiento se ocupaba en el estrés de cosas menos importantes: un ensayo para una clase que terminé reprobando. Me sentí incomodo y no supe qué decirle. Tal vez unas palabras de aliento lo hubieran persuadido de postergar su camino
hace cuatro años ha que murió El Grande.
El Barón
tuvo una congestión mientras dormía. Unas horas antes lo encontré sorbiendo un último trago de Tequila (destilado de agave según la etiqueta). Lo apresuró, evidentemente, para talonearme. ¿Cerveza? ¡Ni que fuera pobre! ¿Algo más fuerte? Sentí la necesidad de ser altruista como nunca y le llené medio litro de mezcal directo de mi pequeña barrica. El Barón se murió dos horas después de haber bebido su última gota. Ser egoístas de vez en cuando, un perfecto parámetro para disimular confusiones morales.
hace dos años ha que murió El Barón.
La Villa
era hasta hace unas horas digna representante del grupo institucionalmente denominado “personas en situación de calle”. Hace quince días ella gritó de dolor al ser penetrada: comienzo del comienzo; preludio del preludio. Aquel día un compa de la colonia, El chivo la poseyó al raíz. Que apodo tan curioso de ese muchacho: inigualable metáfora de la muerte. El diablo en persona pensó que tal vez [ella] estaba así por que destrozaron su corazón, por eso la dejó ser.
¿Eres el hijo de la señora bonita?
Villa, no me molestes, yo a ti no te maté.
Fotografía: ‘Eres mi carnal’, Miguel Juárez Figueroa, 2011
