Diez minificciones silenciosas

1. Es mi hermano y su perro Dalton, un mastín napolitano color marrón y de mirada triste. Siempre había pensado que esa raza se caracterizaba por su alegría, hasta que aquel melancólico cachorro llegó a casa. El perro lleva una semana enfermo. No come y apenas bebe. Ningún veterinario ha podido diagnosticar el problema. La mirada del animal parece decirle: no te preocupes, estoy bien, todo estará bien. Expresión humana de hermandad. Intuyo el profundo dolor pero no digo nada. Y es mejor así.

2. Estamos en Coixtlahuaca. Hace unos días murió el abuelo. Mi padre propone encender una fogata. Hay serenidad en su mirada: los últimos años actuó con sensatez, procurando no dejar un sólo cabo suelto en su relación con el viejo. Se reconcilió con él y consigo mismo. Recolectamos magueyes secos, hierba y un poco de leña. El fuego surge itinerante debido a la humedad de la tierra. Se iluminan nuestros rostros. No hay más sonido que el del combustible consumiéndose; ese chirrido de muerte que agoniza poco a poco.

3. Me despierto de pronto. Estoy en mi cama, vestido y con los zapatos puestos. Me dormí con todo y lentes, los cuales descubro empañados, sucios y chuecos. Estoy sudando a pesar de que la ventana se encuentra abierta. Siento una profunda sed. No sé qué ha pasado, ni cómo llegué aquí. Me levanto y trastabillo. Descubro un envase de cerveza a medio beber que yace en el escritorio. Me dirijo a ella y la bebo de un golpe. Cada trago es un respiro, un simulacro de vida.

4. Santa Martha Acatitla, diecisiete años. Nayeli me invita a una fiesta. Hace mucho que nuestra relación amorosa se corrompió. Nos seguimos viendo y navegamos con la bandera de que somos amigos, aunque solemos coger dos veces por semana. La noto coqueteando y la reprendo. Me dice que ella es libre de hacer lo que quiera. La sostengo del brazo con fuerza. Ella intenta soltarse pero la aprieto aún más. Se zafa, sin embargo, y se aleja victoriosa. Despacho media botella en menos de una hora y decido irme de la fiesta. La busco con la mirada y la observo sentada en las piernas de un güey ataviado como punk. Siento un piquete intenso en la boca del estómago: es la inclemente aguja de los celos. Es de madrugada y las calles están vacías. Me espera un largo viaje a casa.

5. Es el eje uno, en las inmediaciones de Tepito. Vengo de la fiesta de titulación de Alejandra, mi expareja. Ya es maestra en Historia, mención honorífica. Yo sigo en el limbo: no poseo nada. Contaminé su reunión con mi presencia. Me emborraché e intenté ser prudente pero perdí el control y me mostré impertinente y celoso. Sin razón alguna. Yo que todo lo eché por la borda, me empecino en lastimar. Compré unas cervezas en el metro Impulsora y las he venido bebiendo en el trayecto. Invoco el desorden en medio de la soledad de los puestos vacíos. Me muestro altivo en el corazón del barrio bravo: quiero morir un día, quiero vivir un día. No sucede nada. Llego a mi nuevo departamento en la calle de Brasil número 64, la Casa Fénix, según reza la inscripción de piedra que yace arriba del portón. Me encuentro intacto.

6. Metro Universidad, veintiún años, tres de la mañana, el acceso principal está cerrado. He dejado mi bicicleta adentro, muy cerca del transporte universitario. Sólo hay puestos ambulantes vacíos. Pienso un poco y decido empujar uno de ellos hacia la reja. Creo que es el puesto de frutas y cócteles. Puedo alcanzar la altura suficiente para saltarme. Lo hago impulsado por la sapiencia que otorga la borrachera. Desamarro mi bicicleta y la monto. Tengo que llegar a mi departamento en Villa Panamericana. No puedo controlarme. Voy en zigzag. Paso frente a la Facultad de Ciencias Políticas. Chispazos de recuerdos me llegan. Grito el nombre de Sara, la mujer que amé. Filosofo sobre el tiempo y esas cosas al ver los edificios, el centro cultural, los caminos recorridos. No hay nadie, sólo el camino y yo, y la más hermosa Ciudad Universitaria que haya visto jamás.

7. Carretera a Tabasco. Dieciocho años. Larga recta. Variaciones temporales. Mi hermano maneja y yo soy el copiloto. Tengo que permanecer despierto, platicar con él de vez en cuando, para evitar que se duerma. Me concentro en el paisaje. Madrugada. Ligera llovizna imprevisible. Se alcanzan a distinguir, sin embargo, unas nubes negras a lo lejos. Avanzamos sin alternativa, como si hubiéramos decidido adentrarnos deliberadamente en el infierno. Gruesas gotas golpean la arquitectura de la camioneta y de pronto la lluvia cae desaforada. Unos minutos después nos alejamos del monstruo nublado y el alba se avista como el tiempo inevitable. No decimos nada.

8. Plaza de Santo Domingo, tres de la mañana. Salí del Allende Red bastante entonado. En la esquina de Belisario Domínguez unos indigentes me piden una moneda. Uno de ellos sostiene un carrujo de mariguana. Le doy diez pesos pero a cambio le pido una bocanada. Aspiro en tres ocasiones con fuerza. No soy bueno fumando mariguana, y creo que me he excedido. Camino hacia la plaza de Santo Domingo. No hay nadie en la calle, la ciudad parece dormir. Volteo hacia la iglesia y distingo una forma humana sentada en una de las bancas. Esta ataviada completamente de blanco y parece observarme directamente. Acelero el paso. En esta zona la arquitectura es imponente, la ciudad es un longevo panteón lleno de fantasmas. La energía se siente y hay que soportar esa fuerza. Volteo de vez en cuando para asegurarme que no me están siguiendo. Llego a Brasil 64. Las paredes anchas vindican la intimidad de los habitantes. Abro nerviosamente la puerta de mi departamento. Tengo miedo. Casi escucho el sonido de mis pulsaciones. Estoy solo.

9. Estoy desparramado en la sala de mi casa. Observo con mis padres un partido de fútbol. Es sábado y todos mis hermanos andan en lo suyo: de parranda. Yo decidí pasar un rato con mis padres. Compré un poco de pulque con el fin de censurar la timidez e invocar la franqueza. Unos gritos de terror, que llegan de la calle, nos sacan de nuestra concentración. ¡Carmelitaaa, Carmelitaaaa. Me la mataron Carmelitaaa! Es la voz de Mari Gamboa, la vecina, buscando desesperadamente a mi madre, la cual sale al encuentro de la desdichada. Los gritos se repiten, una y otra vez. Han asesinado a Daniela, su pequeña hija, en el Peñón Viejo, veinte balazos a quemarropa, posible crimen pasional, a las afueras de un antro de mala muerta. Se funden en un abrazo y se me estruja el corazón. ¡Carmelitaaa, Carmelitaaaa. Me la mataron Carmelitaaa! Es el rostro horrible de la tragedia.

10. Calle Violeta, colonia Guerrero, inmediaciones del metro Revolución. Voy en mi bici. La lluvia arrecia de pronto. No puedo distinguir el camino. Paro en una esquina, justo donde tres putas se protegen de la lluvia sosteniendo sendos paraguas. ¿Dónde puedo guarecerme de la lluvia, y cuánto me va a costar? trescientos pesos, dos posiciones, veinte minutos, desnuda de la cintura para abajo, me responde una de ellas. Camino con ella hacia el hotel, sin mediar palabra. Que sea una posición nada más, pero dame una mamadita, si me chupas los huevos se me va a poner durísima, no seas mala onda. Acepta disgustada: esta mujer tiene de puta lo que yo tengo de catalán. Le pido que se recargue en el buró del espejo, de espaldas, y baje sus pantalones hasta las rodillas. Subo su blusa y la pongo por encima de su brasier, aunque no descubro sus tetas. Está rígida y encorvada. La intento tranquilizar mientras sumo lentamente su espalda baja con la palma de mi mano hasta que quede correctamente empinada. Observo sus nalgas, su hermoso cuerpo moreno de no más de veinte años. La penetro suavemente. Unos minutos después la lluvia casi ha desparecido. La calle solitaria, solo devuelve la imagen de algunos trasnochados y silenciosos transeúntes.

Imagen tomada de internet