Uno
En tu mano escondes el dilema oloroso de la sustancia. Secreto a voces camuflado por la esencia tuti-fruti exprimida del bubaló que ayer compré para disimular el aliento que incha tus labios.
Dos
Me chamaqueaste: «Es aquí donde se ordena el placebo que limpia la mente». Te creí eso y el choro de las aves fabricando nidos de espinas en nuestras cabezas. Sin embargo, tuve que lidiar con el fokin dealer que me cobró tus deudas cuando te vio escondida.
Y yo enajenado, pagando tus caprichos. Muy güey comprándote tu estopa de-la-menos-chafa y adulando a ese asqueroso mercachifle. Y tú observándome con tu mirada perdida buscadora de un punto fijo inexistente; hablándome toda enojada con la sutilidad lingüística inspirada en la paciencia rítmica de las inhalaciones.
«Son nubes de algodón. Haciendo de tu vida un raludón. Y sueñas y bailas. ¿Ya viste? Y el raggeaton y el perreo. Y tu escapulario de San Judas escondido en mi seno».
Aún no amanece amor. No es la luz del Sol. Es el foco, que ya has fundido. ¡No, no, no-avientes el envase de chela!: lámpara rota.
«Quiero que siempre sea de día. Hay que viajar en dirección de la puesta del sol y encontrarlo».
¿Dónde está el sueño? ¿Dónde la perdición?
¡Ya duérmete que el olor me aturde! [Me hace recordar un momento de hace diez años: mi cuarto cerrado y sin ventilación, mi mano remojando el estropajo con tiner para limpiar la pequeña mesita comprada con mis ahorros en el tianguis de Rata-Cruz, la misma que mi hermano rayó con un plumón de aceite: «PUTO CLEMENTE» puso el muy cabrón. El olor concentrándose en mi cuarto, como ahora, malviajándome]. ¡Ya basta de monear!
Tres
El tiempo se fue. No dormiste. No dormí. Mi apatía se mantuvo. Le bajaste tres cuartos al cinco-mil.
A pesar de que aguanté vara, me mandaste al diablo para siempre cuando lograste que el SOL regresara.
Fotografía: ‘Karla’, Miguel Juárez Figueroa, 2011
