¿Qué es de ti, querida malagueña?

Me pregunto cómo empezar esta carta. No hay caminos, ni fórmulas. Supongo que las palabras surgen por sí mismas. Porque hay una pasión desaforada en quien acude a este género. Un pensamiento, una sensación es suficiente, y la escritura se deja llevar por sí misma… Hoy hace un año que te fuiste, justo el día de tu cumpleaños. El recuerdo se deposita en mi pecho. Y pienso, sólo pienso. Con esa sensación terrible de que el tiempo no pasa. Y todo son preguntas… ¿Qué es lo que estás haciendo? ¿Te despiertas apenas, alzando las manos ante la llegada del nuevo día, o ya estás inmersa en tu faena diaria, desayunando algo ligero, como acostumbras desde siempre? El nuevo día, que siempre es esperanza. Frase que solías decir y que yo aceptaba sin chistar, a pesar de la carta de Revueltas que leí en el libro que me regalaste, donde el más grande de nuestros músicos equiparaba la esperanza con la zozobra, con una afición de esclavos… ¿O acaso caminas por la ribera del Guadalmedina, como sueles hacerlo desde que eras niña, conviviendo con “la estirpe más pelleja”? La caminata, siempre reconstituyente, como la practicaba en tus tierras Washington Irving, ese romántico estadunidense-andaluz. Que le dio la estafeta al gran Stevenson, quien aseguraba que cuando no podía escribir le era suficiente con salir a caminar unas horas para que las ideas se presentaran como una visita hace mucho tiempo anhelada. En tu caso esbozos de tus investigaciones musicológicas sobre el flamenco y las suites tradicionales del gran Tárrega… O tal vez ni siquiera estés en Málaga, sino camino a Granada, donde habrás de verte con uno de tus amantes, aquel profesor del conservatorio, que aun siendo una joven te cultivó en la práctica del sexo sin tapujos. Y a quien sigues viendo, apelando al pasado y su ejército de diminutos gusanos que carcomen la mente. «Yo no te juzgo, son mis celos, que se incrustan como lanza —tan absurdos pero concretos— en los intestinos». ¿Lo que se siente no se juzga?… Te imagino frente a la fachada de la escuela, con su arquitectura renacentista, evocando tus años de estudiante. Quizá aquella vez que, inmersa en una borrachera, de esas de alegría y plenitud, acudiste a tatuarte a un lugar indecible atendido por dos hombres que no supiste determinar como dos musulmanes que hablaban francés, o dos franceses que profesaban el islam. El resultado fue una horrible mariposa bicolor en la espalda. Además de una experiencia con mariguana, con las posturitas que armaban con los tabletones que provenían de Marruecos. Bajo el efecto de la yerba te imaginaste —al reparar en el contraste entre tu refulgente piel blanca y el ámbar de ébano de tus acompañantes— el encuentro de dos mundos, como un viaje el imperio antiguo que se asentó en esas tierras… Recuerdo cuando me enseñaste el tatuaje, inclinada contra un árbol de la calle de Francisco Sosa, una tarde de noviembre. El cual no me desagradó para nada, pues lo interpreté como una polilla colorida inmersa en un concierto de puntos negros, tus lunares, islas de tu espalda-mar; tinta como ínfimo defecto, que te hacía aún más bella ante mis ojos, como a ciertas estatuas… Pienso en algo: ¿De verdad es cierta Granada? ¿Existe en realidad? ¿O es una especie de mito, como el amor, que pretende sosegarnos ante la conciencia de nuestra propia finitud? ¿O es tan sólo la más grande metáfora de la poesía romántica, junto a la primera Babilonia? ¿Es cierto que estuvo allí Borges? Me refiero a Granada y no a Babilonia, claro está, aunque bien pudo estar en ambos lugares a la vez nuestro querido Jorge Luis, el más grande… Discúlpame por desbocarme, por pasar tan rápido de un tema a otro… Y es que insisto: sólo puedo intuir, monologar, imaginar… Aquí desde donde escribo ya es un poco tarde, casi de noche. A pesar de eso, tengo presente el preludio de este melancólico domingo. Desperté temprano a pesar de la inevitable resaca. Lo hice alentado por un concierto de aves. El mejor indicador de que nos encontramos en plena primavera. Ahora vivo cerca de la parroquia de Santa Catarina, no la de Coyoacán, que es limpia y clara como el cielo de tus ojos, sino la del Centro Histórico. Nada que ver con la arquitectura vernácula, con su tranquilidad, y aire campirano de esa bella plaza donde solíamos charlar después de nuestros cursos en la fonoteca. No: aquí abundan los indigentes y su tufo acre de olor humano añejado. Aquí, sutil paganismo, hay una vecindad al lado de la parroquia, donde se percibe el picante aroma de la mariguana y el original garbo del centro de la ciudad. Los trinos de las aves que me despertaron no fueron tenues, como los del Concierto para Aves y Orquesta, de Rautavaara, sino las del colmo de la Consagración de la Primavera, con ese ímpetu y desorden impredecible. Y sin embargo me siento bien en este lugar. En la calle de Brasil y anexas, las más barrocas de la ciudad. Donde lo espeso de este aire primaveral, y tanta gente, sofocan a las voluntades más avezadas… El día se pasó en un respiro, y comencé a beber justo al atardecer. Mezcal que traje de un viaje que hice a Sola de Vega hace unas semanas, donde me entrevisté con mi mejor amigo: Luis Méndez. Primero un Sierra Negra, que fue como un golpe fuerte de sentido común. Recordé algo chistoso: el canto de un gallo, previo al concierto de las aves durante la mañana. Un canto religioso, soberano. Así son los animales: no hay tristeza en ellos, sólo instinto. Y con esa actitud tan natural cuestionan estos muros de hierro gris, donde me he perdido en una especie de laberinto de acciones erróneas que me han conducido al desorden… Cuatro mezcales… ¿De quién será ese gallo? La posesión se la atribuyo a uno de mis vecinos, en cuya voz he adivinado a un atisbo de esa musicalidad de los poblanos de la sierra. O tal vez ese animal simplemente no exista más que en mis sueños, como una evocación inconsciente de mi terruño campirano… Oaxaca… Oaxaca… ¿De verdad estoy donde quiero estar? Hoy hace un año que te fuiste sin dejar rastro, justo el día de tu cumpleaños. Y no escribo esta carta para quejarme, al contrario. De hecho no sé a dónde mandarla. ¿Dónde te encuentras, malagueña; dónde tu risa ante mi patético rostro de sobrio —sé que soy patético sobrio—; dónde tus labios violáceos por el vino tinto; dónde tus siempre brillosos y lubricados ojos azules; dónde tu musculosa espalda baja; dónde tu flauta traversa de ser mitológico? No reclamo tu silencio, sólo pretendo imaginar dónde te encuentras, y si es que alguna vez nos veremos de nuevo. No lo hago todos los días, tampoco creas que sigo ahogándome en mis cuitas… Hoy acaso porque conmemoramos el primer aniversario de tu partida, justo cuando te llevaste en tu pecho la mitad de mi epitafio… 10 mezcales: Arroqueño, Tobalá, la joya de la corona… E insisto, no es que me queje, pero desde que te fuiste no he podido amar… Confieso: hace un par de días eché a perder mi más grande oportunidad. La mujer más radical de mi historia: Jacqueline. Abrí una herida, de esas que no cierran, que se impregnan como tatuajes dolorosos y desvirtúan la sustancia real de la existencia. Un dolor me estruja en lo más profundo, malagueña: como una infernal intuición de que la he perdido para siempre. Ni siquiera contigo me pasó eso, pues sé que a pesar de que te fuiste, nos pertenecemos de cierta forma, como lo quería Borges: sólo son nuestros los paraísos perdidos… Con ella fue distinto, fue como una historia que surgió con la energía de una erupción pero que se malogró antes de haber nacido. Si fuera capaz de mostrarle la dimensión de mi dolor, tal vez ella podría perdonarme. Pero la herida está abierta. ¿De verdad no hay esperanza? ¿Qué mal sufre un muerto? ¿Contra qué defenderlo?… 13 mezcales. Espadín, arroqueño -> Espadeño. ¿La luz me recuerda el sabor de su sexo olvidado?… Como ves, las cosas por aquí no van del todo bien. La ansiedad, el miedo. Y la bestia que llevo dentro y que no pretende dormir. Mis amigos no me escuchan, pues están convencidos de estar haciendo más que los otros, de estar dando más que los otros. Excepto Luis Méndez, pero él vive hasta Sola de Vega… Oaxaca… Oaxaca… Y hasta uno de mis perros, el más fiel de todos, el callejero, ha muerto. Sí, aquel que solo vino, siendo apenas un cachorro: Solovino. Al que le rascabas el vientre y preguntabas, con ese acento ceceado que conservabas intacto: ¿Estará llorando de dolor o regocijo? Aquel de pelo blanco, casi gris, con espesura de zacate, como de cerdo, para nada favorecido “estéticamente”, pero de dientes blanquísimos, hermosos… Estoy harto de todo, malagueña… ¿Leerás esta carta? ¿Vendrás a verme?

Pd. Feliz cumpleaños. Va un poema. 15 mezcales.

Lejanía

Cumples treinta años
y la vida te sonríe:
eres joven y hermosa

salud y posibilidades
se expanden
en tu cuerpo,
y en los sueños que sueñas
para ti y los que te aman.

Estarás celebrando en algún café
con el mismo protocolo
de buenas palabras y deseos.

Y tal vez desde allí
en una tarde roja
la inmensa arquitectura
de la Alhambra
te cobije.

No lo sé.

Desde este domingo lejano
de amante absurdo
donde todo es intriga
de resaca cotidiana

donde todo es igual
a cuando nos conocimos
en el colmo de noviembre

con jaurías de perros inefables,
cierto movimiento perpetuo
de ruido y humo,
y miradas con luz de maldad o esperanza…

Es imposible saber nada

sólo una cosa: que tú estás lejos

y que eso hace la gran diferencia.

Fotografía: ‘Heridas’, Miguel Juárez Figueroa, 2012