Delirio en Santa María Ixcatlán

I.

Repican las campanas
de la iglesia de Ixcatlán.
La procesión se dirige
al cementerio.
Hombres y mujeres lucen cabizbajos.
Como si resistieran
el soplido triste
de la orquesta de viento.

El abuelo murió hace un año.

El líquido se escancia
en la tienda de doña Eugenia:
cinco comensales beben papalomé
así como viven y mueren
—el agave cupreata es el elixir del vuelo—

De todos ellos nadie sabe beber mezcal:
sería soberbio acaso pretenderlo,
advierten que el papalote vuela alto
y después cae con fuerza,
y que con ello cada hombre se torna niño
o demonio.

Uno de ellos sostiene la copa
y observa el líquido con detalle.
Los matices de un refulgente sol
no lo enceguecen:
está tranquilo, escucha:

En la agonía de la jornada,
el viejo guardaba piedras en su morral
—por si aparece el coyote— y agregaba:
el animal teme lo que no conoce.

El tiempo es una ráfaga
y el comensal no piensa ni imagina,
siente el miedo:

sólo es posible sentir el miedo.

Una noche trastabilló a casa
por el camino erróneo.
…silencio, pisadas fuertes en la tierra seca…
Lamentó el honor perdido
frente a una nopalera,
y advirtió ante la dimensión de la afrenta:
—Oye, tú, ¿me escuchas? ¡Déjame pasar!
Un férreo sol lo despertó:
solo-despertó,
se espinó los puños, el cuerpo,
parte del alma.

Lo radical es ignorar,
de allí el ímpetu de los que sueñan.
¿En qué consiste esa parentela
que el joven desconoce
tanto como se desconoce a sí mismo?

Tu abuelo amó a muchas mujeres,
tuvo hijos, que son tíos perdidos en la memoria.
Como cualquier hombre
tuvo miedos, confidencias.
Amigos a quienes contárselas.
Una de esas mujeres vivía por
San Martín Palo Solo.
Casi la preña en la fiesta del pueblo.
Algunos pobladores pretendían lincharnos…
En la huida nos prometimos algo:
el primero en morir sería el padrino de cruz,
quien vigilara todo lo vivido
y sellara lo no contado,
el cerbero de la amistad inevitable en el recuerdo.

El nieto se desborda y sale al sol:
piensa en el amor mientras observa
las calles solitarias inundadas sonoramente
por el llamado a misa,
toma su libreta e intenta registrar lo que siente.

El amigo del abuelo remata:

Y aquí estoy, de verdad, cumpliendo:

la palabra siempre será lo más importante…

II.

Amar es resistir.

Amar no es azar,
sino aprendizaje.
Y el mezcal es espejo.

Es tan interesante estar vivo
tan erróneo alimentar el desorden:
ese gusano de la hipocondría
que carcome el ímpetu.

Todos soñamos, sufrimos,
anhelamos la inevitable belleza.

Por eso es una tontería
empecinarse en un imposible.
Mejor detenerse a tiempo.
No por cobardía sino por sensatez.

Nadie se deja caer sin poder atisbar
el fondo del abismo.
Caer por caer es una tontería.
En todo caso es mejor un acto
suicida radical.

Mejor aún es gozar y buscar ser mejor.

Dejarse vivir dejándose morir.

III.

¿Ya te agarró el mezcal?

No te preocupes,
tu abuelo también bebía demasiado
y vivió 94 años.
¡Mira nada más!: bebió 3 veces lo que tú has vivido.

Algo te va a frenar, muchacho:

el amor.

Ya lo verás.

Fotografía: ‘Abuelo’, Miguel Juárez Figueroa, 2011