La Purísima

I. Katy

La conocí en La Purísima.
Aquel día me quedé sin dinero,
y un amigo me patrocinó la peda
con tal y lo acompañara
a ese centro recreativo.
Se celebraba el cumpleaños
de un conocido suyo:
un tipo ultra-gay,
pero divertido y sin tapujos.
Me la encontré en la barra:
mucha gente iba de un lado a otro.
Ella estaba sola y bailaba
al ritmo de la música electrónica.
En algún momento recargó
sus nalgas en mi cuerpo.
No rebasaba los 20 años.
Pero aun así olía muchísimo a mona.
Lo supe porque nos besamos
sin mayores protocolos.
Le propuse ir a mi casa.
Otro día, contestó, mientras dirigía
la mirada a un grupo de reggaetoneros:
todos malencarados, con un
manto del barrio transitando por sus venas.
Mientras tanto, ella buscaba el falo
oculto en mi bragueta.
—sin la pericia de un transexual en Tlalpán
a la altura de Portales
cabildeando su oficio
unas horas antes—
Después me dio su teléfono y se despidió
dejando una estela de solvente.

Otro día le llamaría.

II. Apnea

Una aguja loca horada mi cuerpo por las noches

necia

como buscando sosiego en el lugar donde anida el sentimiento.

Nada la serena,
ni el alcohol que bebo y que dicen que lo alivia todo.

Así se pasa los días esa aguja loca, incansable y concentrada,
loca al fin.

Y yo
insomne ya de todo
me deposito en la noche buscando una respuesta

Pero no hay nada,

sólo un perro negro ladrándole al silencio.

III. Pánico

Si yo muero el mundo no se perdería de nada,
sería una muerte más
como la del indigente, el desvalido o el enfermo,
como los gatos estampados en el asfalto

o los viejos olvidados.

Pero no quiero morir en el preludio de la fiesta

de mi vida

con una mesa de incontables manjares,
toneles de vino rebosantes
y más de cien mujeres esperándome.

No quiero morir

porque el mundo no se perdería de nada
pero yo sí de mucho.

IV. Resaca

Katy me visitó esta mañana
con una botella de tinto en la mano
que resonó fuerte al descorcharse
en mis adentros hartos ya de sobriedad.

Y mi boca fue copa seca en la que se escanció vida,
porque ella me dio de beber con sus manos repletas de ternura.

Pedí perdón porque amé sin concesiones ni matices
—como los románticos de hace un siglo—
y porque el miedo me convocaba al recordar
que regresé del amor
como quien escapa del círculo más profundo del infierno.

Pero ella rió y caminó hacía mí,
y en la certeza de su arrojada arquitectura
me dio a oler su sexo para que respirara hondo la prudencia.

Después imploró que la poseyera como un perro enfurecido,
que la montara desde el mástil de su espalda
para que observara la existencia y aprendiera a amar.

Apacible, sobó mi barriga
y acarició mi pene como ofrenda sagrada
de placeres verdaderos.

Y se fue cuando comprendí
que el tiempo pasa derritiendo el ideal
espesando la blancura

y destruyendo con deleite todo a su paso.

Fotografía: ‘Nube de algodón’, Miguel Juárez Figueroa, 2009