Tres conciertos

Vindicación de las cuerdas

El pasado domingo asistí a la clausura del tercer Festival Artístico de Otoño. Un destacado evento organizado por la Sociedad de Autores y Compositores de México y el Instituto Nacional de Bellas Artes, el cual tiene como objetivo principal la difusión de música mexicana de concierto. Ingresé al recinto ubicado en la calle Real de Mayorazgo y después a la notable Sala Telefónica, donde un primer vistazo me permitió constatar la falta de convocatoria real que tienen estos eventos. Digo lo anterior debido a que fue evidente que gran parte de los asistentes habían ido sobre todo a dominguear. Que es decir, más a cumplir con aquella añeja costumbre de asistir al “teatro” y encontrarse con sus pares y convivir, que a escuchar la función. Sé que no descubro el hilo negro, pero esto que comento no me resultaría pernicioso si se evitará cometer la imprudencia de llevar consigo a niños pequeños y bebés que, faltaba más, suelen interrumpir el desenvolvimiento de las obras. Aclaro que suscribo las críticas al protocolo que define cómo debe uno “comportarse” en un concierto. Cualquier dictado en ese sentido merece mi desconfianza. Lo que me resulta censurable es que se hagan ruidos excesivos que lastimen la apreciación de la obra, sobre todo cuando se trata de música contemporánea, ya que el uso del silencio y sus matices es indispensable para aproximarse a esas composiciones.

Más allá de eso y de la notable interpretación de la Orquesta de Cámara de Bellas Artes, quisiera narrar una singular experiencia que me sucedió durante el concierto, y que me permitió conocer a un compositor de cuya música quedé prendado. Al ingresar a la sala, tomé asiento en la tercera o cuarta fila de la zona principal. A mi lado había un hombre acompañado de su pareja. Él se mostró inquieto desde antes de empezar el concierto, lo cual me resultó raro, pues normalmente la música genera estados del alma ciertamente alejados del estrés o el nerviosismo. Pensé que tal vez no estuviera acostumbrado a este tipo de música. Así lo fue mientras avanzaba el programa del día, el cual marchó con un elemento extra que definió estas jornadas musicales: la presencia de algunos de los compositores, y es que uno podía ubicarlos físicamente cuando el director de orquesta —en este caso Rodrigo Macías— se dirigía al público con la intención de ubicar al autor de la misma y darle crédito por su creación. No quisiera extenderme en la descripción de cada una de las obras, quisiera hacer hincapié en sólo un par de ellas. En primer lugar, el Concertino para Cuerdas, de Ariel Waller, composición que a través de un uso minimalista de las cuerdas y una intervención sensible de los chelos, transmitió un dejo de espiritualidad e introspección único, muy a la usanza de la religiosidad presente en las composiciones de John Tavener (The Protecting Veil) o del ruso Vladimir Martynov (Der Abschied). La vindicación de las cuerdas había acaecido.

En segundo lugar quisiera referirme a Homm-ages, de Salvador Torre, obra que de antemano había levantado expectativa en el público, pues el compositor había establecido modificaciones en la manera en que estaba distribuida la orquesta: algunos ejecutantes se postraron en los palcos, otros más en el segundo piso, además de que los dos contrabajos se colocaron justo enfrente del director. Lo anterior, incentivado con la calidad acústica de la sala, devino en una experiencia única: algo así como un collage lúdico performado al mismo tiempo por el escucha y el ejecutante, donde el primero participaba de acuerdo a su voluntad de posicionarse en algún lugar determinado de ese espacio multisonoro. Ya podría dirigir su atención al ligero susurro de la viola, o a un desplante inesperado de los bajos, o al trino itinerante de los violines que de pronto adquirían un papel protagónico. Así, los sonidos que provenían de esas variadas dimensiones sonoras parecían estar unidos por los hilos invisibles de la música, transmitiendo mensajes de todo tipo, como un inesperado diálogo musical que transgredió el espacio sonoro a través de registros novedosos comandados por los instrumentos de cuerda. Un verdadero rizoma musical.

Pero no he olvidado la anécdota. Resulta que después de terminada la obra, y aún con la emoción a flor de piel, y en medio de los aplausos y bravos que de forma tan impertinente lastiman las últimas notas de algunas piezas, el señor que estaba a mi lado se puso de pie. Efectivamente: se trataba del autor de la obra, Salvador Torre. Confieso con no poca pena que lamenté los prejuicios que reproduje al pensar que aquel hombre actuaba nerviosamente debido a que probablemente no estuviera familiarizado con la música. Y es que ya se sabe: la apariencia del artista y el consumidor de cultura suelen ajustarse a una determinada estética. Nada más alejado de la realidad. El compositor no sólo demostró ser un gran creador sino también un tipo accesible y dispuesto a compartir con el público. Lo constaté después de intercambiar algunas palabras con él. Habrá que seguirle la pista.

Elogio de los metales

Hablaré brevemente sobre el concierto del 14 de noviembre, el segundo de las jornadas INBA-SACM, en el cual se presentó un programa con música de Mario Ruiz Armengol, Mario Kuri Aldana y Eugenio Toussaint interpretado por el Ensamble Virreinal de Metales. Asistí impelido por mi afición hacia esos instrumentos en general, y hacia la tuba y el trombón en particular. El programa fue impecablemente interpretado por el ensamble, con puntualizaciones necesarias entre cada obra por parte del cornista Raymundo Robles; además de un encore ejecutado con sinceridad y entrega. Agradecí tener la oportunidad de escuchar música de esa dotación musical, similar a la de otras agrupaciones (Ensamble Kafka, Los Rurales) pero con menor convocatoria —salvando las diferencias en cuanto a la conformación de los instrumentos, específicamente el corno francés. El concierto me resultó suficiente para disfrutar las posibilidades sonoras de esta paleta instrumental. Y pareciera que dicho poder musical produjo el advenimiento de una nueva anécdota. Al terminar la función —desarrollada en la sala Manuel M. Ponce— y descendiendo las escaleras, observé a lo lejos la soberana imagen de Carlos Prieto. Nada menos que uno de los mejores chelistas del mundo, quien por cierto había estrenado apenas unas semanas antes la Suite El arco y la lira de Leo Brouwer y la Suite para dos chelos y dos guitarras de Samuel Zyman. Me percaté que un numeroso grupo de personas ingresaban a la sala principal del palacio. Se trataba de un concierto de gala, literalmente, puesto que la gran mayoría de los asistentes iban ataviados con prendas muy elegantes. Justo en el último peldaño una mujer rubia, hermosa hasta el tuétano, se dirigió a mí. Me contó que tenía boletos para el evento, que si no me animaba a entrar. Se trataba del concierto que conmemoraba los cuarenta años de la Universidad Autónoma Metropolitana. Acepté inmediatamente ante la posibilidad de compartir lugar con tal monumento de mujer, lo cual lamentablemente no sucedió. Lo hice en cambio con lo que parecía ser una pareja de académicos. La mujer era también muy bella, con un vestido negro bastante ajustado y un par de pulseras que provocaban un singular ruido. Observé sus manos, todas ellas repletas de pecas. Su perfume era intenso pero de un agradable aroma. Enfrente y atrás de mí era exactamente lo mismo; puros trajeados y serios asistentes. Y yo el único trasnochado.

Me concentré en el concierto, del cual rescato la interpretación de la Primera Sinfonía de William Walton, la cual no conocía y que me sorprendió por el uso protagónico y potente de los metales en cada uno de sus movimientos. Me significó una obra ideal para incentivar el ímpetu y voluntad que todo viernes necesita. La Orquesta Sinfónica Nacional desempeñó un papel ejemplar, lo único bochornosa fue el excesivo protagonismo de su titular, Carlos Miguel Prieto, quien acaparó los aplausos con el pretexto de que ese día era su cumpleaños. En ningún momento dio crédito a los ejecutantes, en particular a los trombones y cornos, que sin duda se llevaron la noche, sobre todo en los dos primeros movimientos de la citada obra. Ni hablar, tampoco constituye un hilo negro apuntar la lamentable individualización de una agrupación “nacional”. Al final del concierto volví a ver a lo lejos a Carlos Prieto, caminaba lentamente, con la parsimonia digna del sabio. Imaginé que su mente estaría llena de ideas musicales, o literarias. Supuse que en su cabeza se estaban gestando ya las ideas de una hipotética segunda parte de Las aventuras de un violonchelo. Ojalá que así sea.

Imagen tomada de internet