Doce Breves Paganismos del 2010.

Enero.

El ambiente familiar, el sonido de los cohetones, la música de las bandas, el murmullo de borrachos, la luz del castillo pirotécnico reflejada en los ojos de los niños, unas fritangas pasadas con cerveza, una noche de ronda, un farolito que alumbra apenas la calle desierta, tú entre la gente, tu cabello lacio flotando a lo lejos, tu figura perdiéndose, tu espalda desnuda. Y yo, igual que Shostakovich, mirando un punto muerto.

Febrero.

Hay una forma recurrente de necedad: la que se presenta cuando aprietas el apagador una y otra vez, de lado a lado o de arriba hacia abajo, desde el segundo o tercer intento se tiene certeza de que no sucederá nada distinto, pero uno lo hace un par de ocasiones más. Hay quienes no conformes recorren la ventanilla tan sólo para reparar que ya es de noche y la luz se ha mudado de polo y, por lo tanto, has llegado tarde de nuevo. Hay lugares y tiempos que dejan colar la luz. Un motivo de la luna es suficiente para medio divisar las cosas; si enfocas la mirada funges como el antropólogo y su brocha desnudando los vestigios. La plena contingencia adviene cuando las nubes se enojan con la luna.

Marzo.

Es la fiesta melodías de solos de trompeta; fotografías de botellas que se van vaciando, ascendentemente; de nuevo biomasa escénica: bailes y risas y miradas borrosas, pechos contraídos; y voces que entregan secretos en palabras atrabancadas.

Abril.

—¡Muévete, muevete!… yyý 1 yyý 2 yyý 3… ¡Mal mal, pareces una tabla!… —¡Vamos de nuevo!… yyý 1 yyý 2 yyý 3… —Perdón, pero… ¿Dónde quedó el discurso? ¿Y la otredad?… Lástima por aquellos que piensan que el silencio es apatía.

Mayo.

Por el metro Balderas vi una Biblia tachada mil veces, un rostro impetuoso y la necesidad de sacarle tres pies al dogma. El movimiento, decía el maestro, provoca que en algún punto las líneas paralelas no lo sean; es decir, que se junten: dicho momento es el infinito.

Junio.

Inevitable voltear hacía atrás, mirar la perfección del día con tristeza y estar intranquilo incluso en el sueño. Día de nostalgia, de reparar por horas en el tiempo de una fotografía; de leer y releer en libros viejos anotaciones jóvenes e impetuosas; y de caminar por playas imaginarias divisando antiguas huellas más pequeñas. De esperar con ansias la noche de ronda.

Julio.

De regreso a las tierras del Nayarit. Allí donde nos empaquetamos unas tostadas de ceviche con “El cholo” y para pasarlas le dimos la vuelta a medio Guayabitos hasta que encontramos las super-micheladas con clamato. Allí donde salimos a las 3 de la mañana por unos jochos’ y unos morros que escuchaban el “El Komander» cortaron cartucho y dijeron que chingonastá ésta escuadra. Allí donde nos encontramos a una “cierva nocturna” y la seguimos dizque de-forma-disimulada pero se perdió al doblar la esquina en lo obscuro de esa noche extraña. Allí donde enmudecimos ante la serena música de las olas que fue coyuntura cuando asomó aquella inmensa criatura.

Agosto.

Última escena en Nayarit: lo nublado y el capricho del clima de la República. Calorcito, sin embargo, que exigió que se vaciaran esos envases de las Pacífico «Ballena» (Pal-Físico según los de aquí). Incapacidad para diferenciar albures de comentarios «en serio». Risas de los pescadores y éxtasis al llegar las ostiones de piedra prohibidas por la veda. Los «agua-chile» para botanear y el inevitable transcurso del proceso de emborrachamiento. Y la música […] que se confunde hermosamente en el canto de la biomasa escénica y la belleza de estas vidas.

Septiembre.

Son esos mitos fundacionales los que tienen la culpa: ese José Vasconcelos y su educación nacionalista, esa literatura revolucionaria, ese realismo mágico, ese Juventino Rosas, ese Revueltas; esos cuadros y esos murales; esos rostros de la vida cotidiana; esas fotografías, esos pueblos; esos olores; esos organilleros; esa historia. Todos tienen la culpa de esta nostalgia.

Octubre.

En el comunitario hubo mole con pollo. El “uruguayo” refiriéndose a la corrupción del “Departamento del Distrito Federal” (…) y la necesidad de cambios profundos en el “sistema depredador” que lo llevaron a proponer, a pregunta expresa, un curso de teoría política en el comedor. Por otro lado, el “don-protagonista” relató algunas experiencias de “un lugar en Puebla” paupérrimo hasta los zapatos “donde-el-gobernador-bien-gracias”. Combinación de biomasa escénica con un ascendente clímax político. Sonido de cucharas, murmullos y utensilios chocando con el piso que desviaron, paulatinamente, el tema a la originalidad de la vida cotidiana de ésta urbe.

Noviembre.

Esa vinculación con la otredad es, las más discursiva las menos intensiva. Implica alejarse radicalmente de nuestro propio egoísmo pero a la vez mantener viva nuestra experiencia sobre él. Esto último fue lo que hoy me pasó frente aquella barda tatuada con la frase «volver a empezar»

Diciembre.

Le apodan “el costumbre”. El hacedor de tortillas-en-rollitos más rápido de la zona. Los comensales miraron como-por-encima-de-los-lentes sin soltar la cuchara y me indicaron su llegada. Se instaló con la propiedad del sereno y llegó el momento: sin reparar en la acalorada plática de teoría política del uruguayo “el costumbre” tomó una tortilla con su mano de comal y después… tan sólo divisé un fideíto triste que se aferraba al rollito de tortilla que recién había sido sopeado.

Fotografía: ‘Caminantes’, Miguel Juárez Figueroa, 2010