Después de años de lecturas y canciones,
de amores rotos
y expectativas caídas como castillos de naipes,
concluyo que no he logrado nada relevante en mi vida.
Acaso haber ganado algunos amigos,
escuchado música hasta el límite de mis fuerzas,
y haber intentado amar sin mucho éxito.
Volteo hacia atrás y sonrío
ante los sueños de trascendencia
desplegándose sobre un camino
fútil y apestoso.
Todo lo que algún día los otros soñaron para mí
y que gestó en el pecho angustias y miedos
se derritió en el incendio de las columnas de plástico
que sostuvieron la idea de mi vida.
Aún reverbera en mis adentros
el llanto de la mujer más hermosa de mi historia:
suaves lágrimas que percutieron mi corazón
el día en que decidí irme
y dejar todo mi pasado
en los rasgos de sus manos blancas.
Le había prometido nueve miguelitos
nueve niños regordetes que nos amarían
a fuerza de educarlos en nuestro gobierno
y que correrían ebrios de felicidad
por las veredas del jardín de nuestra casa.
Pero no hubo casa, ni jardín, ni miguelitos regordetes:
falté a la promesa cuando descubrí lo perecedero de la belleza
esa triste oxidación de flor marchita
y porque intuí el momento inevitable
de romper la inocencia de esos niños
dejándolos como carroña a la intemperie de este mundo.
Evité flagelarme
y ser participe de ese horrible espectáculo:
decidí huir alentado por el instinto
como un perro callejero
para depositarme en mi soledad como el lugar más preciado.
Ahora, alejado a medias de todo,
he aprendido a valorar la cortesía, la amistad sin concesiones
y el placer.
Entre mis amigos pondero a los más podridos;
aquellos que disfrutan como nadie
lo inefable de una plática
o la cortesía de un abrazo;
a los que no poseen ninguna verdad
ni moral ni política
—ese dominio de los pastores
y los sabelotodo y su baba metafísica.
hombres que han vivido a fuerza de
depositarse en el presente:
como si los tacos de manita de puerco
en salsa verde que les escurre por las barbas
fueran los del último cerdo del mundo;
como si después de beber esa cerveza,
ámbar de cuello de cobre
un auto los estampara en el asfalto
de una calle hedionda y triste
y se desangraran poco a poco
en medio de una multitud de desconocidos.
Aplaudo a quienes se atreven a amar sin concesiones,
a quienes escupen en las cadenas de la monogamia
y en la falsedad de la familia honorable,
a los que no observan en el cuerpo límite alguno
y acometen decididos el viaje
al carnaval de los placeres.
Desconfío y seguiré desconfiando de los
congruentes y exitosos,
de aquellos cínicos de la calle
y mandilones de su casa,
de esos poetas y escritores que anhelan aplausos
a fuerza de pregonar el amor propio
de sus textos insensatos
en las nuevas plazas públicas.
Reivindico el bajo perfil
de los hombres que decidieron no firmar sus libros:
maestros carentes de títulos
pero ricos en sabiduría
que se orinan en los honores académicos y sociales.
No deseo el mal para nadie
mucho menos para mí mismo.
Yo sólo quiero vivir
con un poco de voluntad en mi existencia
claridad en mi escritura,
y aprender a amar expertamente:
esos son los parámetros de mi moral
que me prepararán para morir
—que acaso sea el cometido principal
de la novela autobiográfica.
Mi muerte no significaría nada para el mundo:
tan sólo lamentaría el duelo de mi madre.
Pero todo lo engulle
la flecha soberana del tiempo:
(la belleza, la riqueza, el dolor)
Aunque con más placer borre lo insustancial
y con menos placer el dolor más profundo
el amor más profundo.
Podré morir bajo cualquier circunstancia
como un indigente carcomido por el frío
o en el lecho caliente de la cama más tranquila.
Dará lo mismo.
‘Figura estenográfica’. Óleo sobre lienzo, Jackson Pollock, 1942
